Marcelino trabajó duro para lograr su misión. No tenía nada, tenía sus manos y su sueño, su visión: alguien que le echase una mano en la tarea de ayudar a los chicos más desprotegidos. Él se remangaba para coger el pico y la pala para empezar a construir desde el principio, desde el suelo, desde la tierra con la intención de llegar hasta el cielo. Quizá con pocas palabras y muchos actos. No tienes dinero, estás loco, si casi no sabes ni leer ni escribir. Hasta las rocas le pusieron impedimentos, pero él sabía lo que quería, sabía lo que tenía que hacer porque tuvo experiencias, tuvo un sueño y tuvo voluntad y tesón. Los chicos necesitan que alguien les diga que Jesús les quiere, los chicos necesitan ver a Jesús para poder amarlo. Alguien tiene que ocuparse de estos chicos, alguien tiene que estar especialmente atento a esos que peor lo tienen.

Sus herramientas fueron humanas y su proyecto divino. Este fin de semana, en Lardero, con el Hno. Lluis Agustí, hemos visto picos, palas, carretillas, azadas, rastrillos. Pocos libros, pero todos de rezos. Pocas palabras y buenas herramientas para perseguir el sueño. Yo pensé en la tierra, en lo humano, la base.

Salí a dar un paseo por la finca –qué bien cuidada está- y caminé por el asfalto. Al llegar a una esquina, continué recto, y pisé el césped. Pensé entonces en algo que me resultó interesante. Yo, normalmente, no tengo muchas oportunidades de pisar césped, campo, tierra. Siempre ando metido en el asfalto, en suelo artificial, y menos con tiempo de fijarme en cosas así. Pero allí, en Lardero, me llamó la atención el tacto del césped, el tacto de la tierra –no sé que pensarán los expertos, pero creo que el tacto también debe estar en los pies-. Toqué tierra. Y me pasé media hora caminando por el césped, solamente sintiendo. Sintiendo tierra, sintiendo naturaleza, percibiendo el fresco de la mañana y el olor de la hierba. Sentí agradecimiento a Dios por hacerme, por hacer el mundo y decorarlo así de bien.

Por la tarde, el Hno. Lluis habló del sueño de Marcelino, de Montagne. De cómo con sus manos, sus herramientas, su trabajo y su sueño fue haciendo realidad la llamada de Dios para con él. De cómo todo eso no eran más que medios para que la visión sobre la necesidad de la juventud que entendió Marcelino se pudiera realizar y durase, porque todavía hay chicos que necesitan a alguien que se ocupe de ellos, que les acompañe, que cree comunidades integradoras en las que puedan encontrar referencias, espejos que les descubran y realcen su dignidad.

Después nos reunimos por grupos para cambiar impresiones, charlar, compartir. De la misma forma que Marcelino buscó la pregunta a la que tenía que responder, nosotros debemos buscar también la pregunta, que igual no es la misma, o no exactamente, para dar la respuesta acertada, en el lenguaje requerido y de las formas adecuadas. Seguro que, en el fondo, nuestra respuesta ha de ser igual que la que dio Champagnat en su época: no puedo ver un niño sin que sepa que Dios le quiere.

Es como si tuviéramos ya una respuesta estandarizada para un modelo de niño también estandarizado, y ahora resulta que nos niños no son como antes ni son los que antes, y vemos que nuestra respuesta es la que sabemos, y vemos que no llega, y tenemos que traducir lo que sabemos a los nuevos lenguajes.

El domingo por la mañana el Hno. Lluis habló de identidad marista, de sus características y, en grupos, desgranamos algunos de sus ingredientes. A mi grupo le tocó la sencillez, esa forma de sentir, de comunicarse, de vivir, en la que va unido lo que pensamos con lo que hacemos con lo que decimos, yendo a eso que decía Santa Teresa de que la sencillez, la humildad, es la verdad. Luego, el Hno. nos volvió a dar tiempo para tomar el sol. Y me fui a pisar la hierba otra vez, y otra vez me fui de la tierra al sueño, de la tierra al cielo. Por último, nos fuimos a la Misa y luego a la mesa, agradecido a los Hermanos y a Dios por mis descubrimientos de este fin de semana en Lardero.