Cuatro Vientos para mí
Nos apuntamos María Jesús y yo en la parroquia a lo del viaje. A las 8 de la mañana había una vigilia de oración en la iglesia que está justo enfrente de la Renfe. Ya empecé entonces a masticar cierta emoción: montón de jóvenes que escuchaban atentamente al Sr. Obispo, D. José Sánchez.
Al acabar, revuelos, cantos y jorgorios en los escasos cincuenta metros que nos separaban del tren de las nueve y treinta y seis. Al subir, era de esas veces que no tienes que vigilar la mochila o mirar de vez en cuando a ver si el jersey sigue en el pescante. Amigos, padres, alumnos, antiguos alumnos, todo gente de la familia. Daba gusto, oye.
Llegamos a Atocha y, corre que corre, a Las Águilas. Salimos a la calle y a volar por todo Aluche. Claro, nosotros eramos seiscientos, y enseguida nos juntamos por la calle con una muchedumbre compuesta por los seiscientos de un montón de sitios distintos que venían a lo mismo que nosotros.
Cerca de la Base las cosas empezaron a cambiar. Ya no eramos seiscientos de un montón de sitios. En mi opinión, aquello, en un momento dado, se convirtió en un cosmos que no se deshizo hasta que el Papa dijo adiós. El cosmos iba, entonces, andando hacia la puerta de entrada. Cada estrella, cada planeta, con su brillo, sus maneras, su son, su cantar.
Entramos en el recinto y empezamos a ver que la vigilancia se ponía seria: coches de policía, arcos de esos que suenan si llevas metales, cosas poco habituales en nuestras vidas. Qué de policía... tan simpática. Nos llamó la atención algo sorprendente: los policías no llevaban pistola! Cuando el Papa entró, sí había policías que la llevaban, pero entonces no. La gente les obedecía porque sí, no porque fueran fuertes. Es genial hacer caso a alguien porque sabes que él sabe cómo hay que hacer esto o lo otro, no porque tenga un argumento incontestáblemente metálico. El cosmos se filtraba por el control policial porque sí, como la leche de por las mañanas en el colador. Las estrellas recuperaban su postura, su constelación y su brillo propio.
Caminando, caminando, llegamos a las zonas x, y, z, que estaban preparadas en forma de campus stellae alrededor del Sol, que estuvo en la parte de arriba hasta que se puso delante de nosotros en forma de Santo.
Fue llegar, y todo el mundo a sentarse, a sacar la guitarra, el buen humor, el bocata y el móvil para decir a los suyos que ya habían llegado. Y a partir de ahí, horas y horas de intervenciones desde el escenario: cuando no era un grupo de música, era el mensaje del Obispo... de Córdoba, o de donde fuera, o el testimonio de no sé quién que tuvo los cojones de compartirlo con la peña. Ya empezaba a haber gente que se sentaba con el librito de la vigilia y se recogían un poquito. Muchos hacíamos eso, y todo el jaleo, el ruido, el bocadillo, la siesta al sol y esas cosas pasaron a un segundo plano, se convirtieron en ruido de fondo, porque según pasaban las horas, íbamos poniendo delante del corazón el motivo que nos condujo a Cuatro Vientos. Hubo varios vuelcos esperados: el Papa llega a Madrid, el Papa sale de la Nunciatura, el Papa está llegando a la Base, decía las enormes pantallas de televisión. El último vuelco fue el definitivo. Juan Pablo II ya está entre nosotros, dijo una chica por la megafonía. Y como quien espera en el aeropuerto, venga a mirar y venga a mirar, y yo –a partir de ahora hablo desde dentro- como un tonto, que no veía nada, pero los demás tampoco veían nada. Y en esto que me giro, y justo por la izquierda, sin sirenas, sin coches delante ni nada parecido, aparece el Papa en su coche. La gente se dio cuenta y el cielo se cayó en Cuatro Vientos. Ya estabamos todos: el Sol, el Cielo y las estrellas. El cosmos al completo empezó a vibrar de otra forma. El Papa estaba en Madrid y yo a cincuenta metros mal contados. No grité, no aplaudí, junté las manos y dije: Dios te Salve, María, llena eres de Gracia, el Señor está Contigo, Bendita Tú eres entre todas las mujeres y Bendito es el Fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Como si no hubiera dicho nada. El jaleo era espectacular, y podía haberme salido cualquier otra cosa, que me hubiera dado igual. Solo me oyó uno, el que estaba justo a mi lado. Se llamaba Juan Pablo y, según dijo, había venido a Madrid para abrazarme. Oración, sentimiento, emoción y alegría, eran la misma cosa entonces. Que si por aquí, que si por allí, el Papa se dio un pirulo por las instalaciones y por fin apareció en el escenario.
Daba igual, no se veía nada, la gente con las manos arriba, otro que se sube a burro, el cabrón de la bandera de Portugal que estaba perfectamente enfilado entre el Papa y yo, la madre que le parió. No se veía nada. De pronto me di cuenta de que me daba igual verle que no. Pero si ha venido a darme un abrazo, que lo dijo luego, y me ha escuchado antes. Que se lo quede el portugués para él solito. Cuando empezó la vigilia la gente nos sentamos y anduvimos escuchando lo que decía. No hay nada como estar cerca de Dios para decir cosas bonitas que toquen el corazón de la gente. De todo lo que dijo me quedé con lo de que las ideas se proponen, y con que se puede ser Papa y entrar por una esquina sin avisar. Desde entonces soy un poco menos paleto. Desde que caí en la cuenta efectiva de que yo, uno entre un millón, soy igual a nada. Caí en la cuenta de que vivo dentro de un mundo enorme, que vivo dentro de la Iglesia. Me sentí pequeñito dentro de algo realmente grande.
Seguro que todos los que estuvimos allí tomamos conciencia, una vez más, de ser Iglesia Universal que va, de la mano de la Buena Madre, tras los pasos de Jesús.