Búsqueda blog.com.es

  • De la tierra a los sueños, de la tierra al cielo: un fin de semana en Lardero.

    Marcelino trabajó duro para lograr su misión. No tenía nada, tenía sus manos y su sueño, su visión: alguien que le echase una mano en la tarea de ayudar a los chicos más desprotegidos. Él se remangaba para coger el pico y la pala para empezar a construir desde el principio, desde el suelo, desde la tierra con la intención de llegar hasta el cielo. Quizá con pocas palabras y muchos actos. No tienes dinero, estás loco, si casi no sabes ni leer ni escribir. Hasta las rocas le pusieron impedimentos, pero él sabía lo que quería, sabía lo que tenía que hacer porque tuvo experiencias, tuvo un sueño y tuvo voluntad y tesón. Los chicos necesitan que alguien les diga que Jesús les quiere, los chicos necesitan ver a Jesús para poder amarlo. Alguien tiene que ocuparse de estos chicos, alguien tiene que estar especialmente atento a esos que peor lo tienen.

    Sus herramientas fueron humanas y su proyecto divino. Este fin de semana, en Lardero, con el Hno. Lluis Agustí, hemos visto picos, palas, carretillas, azadas, rastrillos. Pocos libros, pero todos de rezos. Pocas palabras y buenas herramientas para perseguir el sueño. Yo pensé en la tierra, en lo humano, la base.

    Salí a dar un paseo por la finca –qué bien cuidada está- y caminé por el asfalto. Al llegar a una esquina, continué recto, y pisé el césped. Pensé entonces en algo que me resultó interesante. Yo, normalmente, no tengo muchas oportunidades de pisar césped, campo, tierra. Siempre ando metido en el asfalto, en suelo artificial, y menos con tiempo de fijarme en cosas así. Pero allí, en Lardero, me llamó la atención el tacto del césped, el tacto de la tierra –no sé que pensarán los expertos, pero creo que el tacto también debe estar en los pies-. Toqué tierra. Y me pasé media hora caminando por el césped, solamente sintiendo. Sintiendo tierra, sintiendo naturaleza, percibiendo el fresco de la mañana y el olor de la hierba. Sentí agradecimiento a Dios por hacerme, por hacer el mundo y decorarlo así de bien.

    Por la tarde, el Hno. Lluis habló del sueño de Marcelino, de Montagne. De cómo con sus manos, sus herramientas, su trabajo y su sueño fue haciendo realidad la llamada de Dios para con él. De cómo todo eso no eran más que medios para que la visión sobre la necesidad de la juventud que entendió Marcelino se pudiera realizar y durase, porque todavía hay chicos que necesitan a alguien que se ocupe de ellos, que les acompañe, que cree comunidades integradoras en las que puedan encontrar referencias, espejos que les descubran y realcen su dignidad.

    Después nos reunimos por grupos para cambiar impresiones, charlar, compartir. De la misma forma que Marcelino buscó la pregunta a la que tenía que responder, nosotros debemos buscar también la pregunta, que igual no es la misma, o no exactamente, para dar la respuesta acertada, en el lenguaje requerido y de las formas adecuadas. Seguro que, en el fondo, nuestra respuesta ha de ser igual que la que dio Champagnat en su época: no puedo ver un niño sin que sepa que Dios le quiere.

    Es como si tuviéramos ya una respuesta estandarizada para un modelo de niño también estandarizado, y ahora resulta que nos niños no son como antes ni son los que antes, y vemos que nuestra respuesta es la que sabemos, y vemos que no llega, y tenemos que traducir lo que sabemos a los nuevos lenguajes.

    El domingo por la mañana el Hno. Lluis habló de identidad marista, de sus características y, en grupos, desgranamos algunos de sus ingredientes. A mi grupo le tocó la sencillez, esa forma de sentir, de comunicarse, de vivir, en la que va unido lo que pensamos con lo que hacemos con lo que decimos, yendo a eso que decía Santa Teresa de que la sencillez, la humildad, es la verdad. Luego, el Hno. nos volvió a dar tiempo para tomar el sol. Y me fui a pisar la hierba otra vez, y otra vez me fui de la tierra al sueño, de la tierra al cielo. Por último, nos fuimos a la Misa y luego a la mesa, agradecido a los Hermanos y a Dios por mis descubrimientos de este fin de semana en Lardero.

  • Cuatro Vientos

    Cuatro Vientos para mí

    Nos apuntamos María Jesús y yo en la parroquia a lo del viaje. A las 8 de la mañana había una vigilia de oración en la iglesia que está justo enfrente de la Renfe. Ya empecé entonces a masticar cierta emoción: montón de jóvenes que escuchaban atentamente al Sr. Obispo, D. José Sánchez.

    Al acabar, revuelos, cantos y jorgorios en los escasos cincuenta metros que nos separaban del tren de las nueve y treinta y seis. Al subir, era de esas veces que no tienes que vigilar la mochila o mirar de vez en cuando a ver si el jersey sigue en el pescante. Amigos, padres, alumnos, antiguos alumnos, todo gente de la familia. Daba gusto, oye.

    Llegamos a Atocha y, corre que corre, a Las Águilas. Salimos a la calle y a volar por todo Aluche. Claro, nosotros eramos seiscientos, y enseguida nos juntamos por la calle con una muchedumbre compuesta por los seiscientos de un montón de sitios distintos que venían a lo mismo que nosotros.

    Cerca de la Base las cosas empezaron a cambiar. Ya no eramos seiscientos de un montón de sitios. En mi opinión, aquello, en un momento dado, se convirtió en un cosmos que no se deshizo hasta que el Papa dijo adiós. El cosmos iba, entonces, andando hacia la puerta de entrada. Cada estrella, cada planeta, con su brillo, sus maneras, su son, su cantar.

    Entramos en el recinto y empezamos a ver que la vigilancia se ponía seria: coches de policía, arcos de esos que suenan si llevas metales, cosas poco habituales en nuestras vidas. Qué de policía... tan simpática. Nos llamó la atención algo sorprendente: los policías no llevaban pistola! Cuando el Papa entró, sí había policías que la llevaban, pero entonces no. La gente les obedecía porque sí, no porque fueran fuertes. Es genial hacer caso a alguien porque sabes que él sabe cómo hay que hacer esto o lo otro, no porque tenga un argumento incontestáblemente metálico. El cosmos se filtraba por el control policial porque sí, como la leche de por las mañanas en el colador. Las estrellas recuperaban su postura, su constelación y su brillo propio.

    Caminando, caminando, llegamos a las zonas x, y, z, que estaban preparadas en forma de campus stellae alrededor del Sol, que estuvo en la parte de arriba hasta que se puso delante de nosotros en forma de Santo.

    Fue llegar, y todo el mundo a sentarse, a sacar la guitarra, el buen humor, el bocata y el móvil para decir a los suyos que ya habían llegado. Y a partir de ahí, horas y horas de intervenciones desde el escenario: cuando no era un grupo de música, era el mensaje del Obispo... de Córdoba, o de donde fuera, o el testimonio de no sé quién que tuvo los cojones de compartirlo con la peña. Ya empezaba a haber gente que se sentaba con el librito de la vigilia y se recogían un poquito. Muchos hacíamos eso, y todo el jaleo, el ruido, el bocadillo, la siesta al sol y esas cosas pasaron a un segundo plano, se convirtieron en ruido de fondo, porque según pasaban las horas, íbamos poniendo delante del corazón el motivo que nos condujo a Cuatro Vientos. Hubo varios vuelcos esperados: el Papa llega a Madrid, el Papa sale de la Nunciatura, el Papa está llegando a la Base, decía las enormes pantallas de televisión. El último vuelco fue el definitivo. Juan Pablo II ya está entre nosotros, dijo una chica por la megafonía. Y como quien espera en el aeropuerto, venga a mirar y venga a mirar, y yo –a partir de ahora hablo desde dentro- como un tonto, que no veía nada, pero los demás tampoco veían nada. Y en esto que me giro, y justo por la izquierda, sin sirenas, sin coches delante ni nada parecido, aparece el Papa en su coche. La gente se dio cuenta y el cielo se cayó en Cuatro Vientos. Ya estabamos todos: el Sol, el Cielo y las estrellas. El cosmos al completo empezó a vibrar de otra forma. El Papa estaba en Madrid y yo a cincuenta metros mal contados. No grité, no aplaudí, junté las manos y dije: Dios te Salve, María, llena eres de Gracia, el Señor está Contigo, Bendita Tú eres entre todas las mujeres y Bendito es el Fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Como si no hubiera dicho nada. El jaleo era espectacular, y podía haberme salido cualquier otra cosa, que me hubiera dado igual. Solo me oyó uno, el que estaba justo a mi lado. Se llamaba Juan Pablo y, según dijo, había venido a Madrid para abrazarme. Oración, sentimiento, emoción y alegría, eran la misma cosa entonces. Que si por aquí, que si por allí, el Papa se dio un pirulo por las instalaciones y por fin apareció en el escenario.

    Daba igual, no se veía nada, la gente con las manos arriba, otro que se sube a burro, el cabrón de la bandera de Portugal que estaba perfectamente enfilado entre el Papa y yo, la madre que le parió. No se veía nada. De pronto me di cuenta de que me daba igual verle que no. Pero si ha venido a darme un abrazo, que lo dijo luego, y me ha escuchado antes. Que se lo quede el portugués para él solito. Cuando empezó la vigilia la gente nos sentamos y anduvimos escuchando lo que decía. No hay nada como estar cerca de Dios para decir cosas bonitas que toquen el corazón de la gente. De todo lo que dijo me quedé con lo de que las ideas se proponen, y con que se puede ser Papa y entrar por una esquina sin avisar. Desde entonces soy un poco menos paleto. Desde que caí en la cuenta efectiva de que yo, uno entre un millón, soy igual a nada. Caí en la cuenta de que vivo dentro de un mundo enorme, que vivo dentro de la Iglesia. Me sentí pequeñito dentro de algo realmente grande.

    Seguro que todos los que estuvimos allí tomamos conciencia, una vez más, de ser Iglesia Universal que va, de la mano de la Buena Madre, tras los pasos de Jesús.

Últimos comentarios

Ningún comentario aún...

Etiquetas

No hay etiquetas todavía.

Pie de página:

El contenido de esta web pertenece a una persona privada, blog.com.es no es responsable del contenido de esta web.